Hoy quieres tatuarte y en diez minutos puedes haber visto cientos de trabajos.
Instagram, Pinterest, Google, TikTok…
Antes no era así.
Hubo una época en la que entrabas en un estudio y gran parte de lo que podías elegir estaba literalmente delante de tus ojos.
Las paredes eran el catálogo
Los diseños flash formaron durante décadas una parte fundamental de muchos estudios.
Rosas, águilas, serpientes, corazones, panteras, calaveras…
Entrabas, mirabas las láminas y podías elegir un diseño directamente de la pared.
El estudio era también el escaparate.
Y estaban las carpetas
El portfolio físico era fundamental.
Fotografías impresas, dibujos y trabajos anteriores permitían conocer qué hacía cada tatuador.
No podías revisar cinco años de trabajo deslizando el dedo por una pantalla.
Tenías que entrar, mirar y preguntar.
Las revistas también conectaban el mundo
Las revistas especializadas permitieron descubrir artistas, estilos, estudios y convenciones que estaban muy lejos de tu ciudad.
Una fotografía publicada podía convertirse en referencia para miles de personas.
Y conseguir aparecer en determinadas publicaciones tenía un valor enorme para un profesional.
El boca a boca pesaba muchísimo
“¿Quién te ha hecho ese tatuaje?”
Durante mucho tiempo esa pregunta fue uno de los grandes buscadores del sector.
Veías un trabajo que te gustaba en otra persona y preguntabas dónde se lo había hecho.
La reputación viajaba de piel en piel.
Las convenciones abrían una ventana al resto del mundo
También permitían descubrir en unos días lo que normalmente habría requerido viajar durante meses.
Tatuadores de diferentes ciudades y países trabajando juntos, portfolios pasando de mano en mano y estilos que muchos veían por primera vez.
Y entonces llegó la pantalla
Internet cambió completamente la forma de encontrar tatuadores.
Hoy podemos comparar estilos, precios, ciudades y miles de trabajos antes incluso de entrar en un estudio.
Eso ha abierto posibilidades enormes.
Pero también ha cambiado algo curioso:
antes muchas veces ibas al estudio para descubrir qué podías tatuarte.
Ahora llegamos al estudio después de haber visto miles de posibilidades.
Quizá hemos ganado una cantidad increíble de información.
Pero también hemos perdido un poco aquella sensación de entrar, mirar una pared y pensar:

