Abres Instagram y parece que a todo el mundo le va de puta madre.
Agendas completas. Viajes. Convenciones. Estudios increíbles. Tatuajes espectaculares. Clientes esperando meses.
Luego miras tu semana y tienes dos cancelaciones y un martes vacío.
Y piensas:
Enseñamos nuestra mejor versión
Es normal.
Las redes son nuestro escaparate y queremos enseñar nuestros mejores trabajos, los mejores momentos y aquello de lo que estamos orgullosos.
El problema aparece cuando empezamos a confundir el escaparate con la realidad.
Porque detrás de una fotografía perfecta también puede haber meses flojos, errores, clientes que cancelan, cuentas que no salen y decisiones que no sabemos cómo tomar.
Casi nadie publica un martes vacío
Publicamos cuando llenamos agenda.
No cuando tenemos huecos.
Publicamos el viaje a una convención.
No necesariamente cuánto nos costó ir.
Publicamos el tatuaje increíble.
No las tres horas que estuvimos intentando resolver el diseño.
Y así terminamos comparando nuestra realidad completa con la selección de mejores momentos de los demás.
El postureo también nos separa
Si todos aparentamos tenerlo todo controlado, preguntar se vuelve más difícil.
Reconocer que algo no funciona parece una debilidad.
Y contar un problema puede hacernos pensar que los demás van a juzgarnos.
Así acabamos resolviendo solos situaciones que probablemente están viviendo otros cien profesionales al mismo tiempo.
Ser profesional no significa que todo te vaya bien
Significa saber trabajar cuando las cosas van bien y aprender cuando no.
Tener dudas no te hace peor tatuador.
Tener un mes flojo tampoco.
Equivocarte gestionando algo no significa que no sepas llevar un estudio.
Significa que estás aprendiendo.
Como todos.
Quizá necesitamos enseñarnos un poco menos y hablarnos un poco más
El tatuaje necesita escaparates.
Necesitamos enseñar nuestro trabajo y estar orgullosos de él.
Pero también necesitamos lugares donde no tengamos que demostrar absolutamente nada.
Donde podamos decir:
Porque probablemente la respuesta muchas veces sea:

